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«Mi marido no quiere meditar conmigo» – Relato sobre la evasión espiritual

Relato psicológico de evasión espiritualEvasión espiritual

Relato psicológico: «Mi marido no quiere meditar conmigo»

Fuera de la ventana el amanecer. Dentro el piso se había quedado frío. Marta se sentó en su zafu de meditación, como hacia todas las mañanas en la última década. Cruzo las piernas en la postura de medio loto. Se ajusto la mantita sobre los hombros, tapándose todo el cuerpo como una tienda de campaña. Miro la imagen de Buda y lo encomendó la practica. Cerro los ojos y empezó a observar mecánicamente como salía y entraba el aire en la nariz. Y a los cinco minutos comenzó a hacer barridos de atención por las distintas sensaciones presentes por todo el cuerpo.

Marta buscaba el despertar último y la liberación de todo sufrimiento. Era una meditadora veterana, con casi 10 años de practica ininterrumpida. A la edad en que Cristo murió ella había comenzado a practicar Zen inspirada por algunos libros de autoayuda. Pero a los pocos meses un amigo lo llevo a su primer retiro de 10 días de Vipassana. Fue un enganche a primera vista. Era lo que ella había estado buscando toda la vida. Un camino para librarse de su ego y dejar de sufrir. Desde entonces, todos los años hacia dos o tres retiros largos, y meditaba al menos cinco horas diarias. En su idea de seguir su practica hasta alcanzar el nirvana, no podía ni siquiera imaginarse que esta iba a ser su última meditación.

Con mucha disciplina, fue atestiguando las sensaciones sutiles que iban apareciendo desde la cabeza hasta los pies. Y luego desde los pies a la cabeza. Y vuelta a empezar en ciclos interminables. El dialogo mental iba calmándose. La percepción de la experiencia del momento iba afinándose. Hoy sentía el frío en las manos, pequeñas vibraciones en las piernas y algunas molestias en el vientre y el pecho. Se mantuvo ecuánime frente a las sensaciones, comprendiendo internamente su naturaleza cambiante. Marta lo vivía como un desapego de todo, incluyendo su propia personalidad, lo cual la traía mucha paz y calma.

Lo que Marta no comprendía era que en el fondo de si misma, en su inconsciente, había mucho enfado, dolor y miedo escondido. Era buena meditadora, pero lo usaba como evasión espiritual, escapándose de sus emociones negativas y sin enfrentarse a los conflictos y las necesidades de su vida cotidiana. Buscaba estar siempre en paz, y aunque había tenido muchos momentos de éxtasis místico cada día que pasaba se alejaba más de su realidad. Además ya no trabajaba, pues consideraba que era una perdida de energía para su alma, y estaba muy satisfecha de no haber querido tener hijos. Según ella se justificaba, un camino espiritual requería entregarlo todo.

Sintió como su marido se levantaba de la cama. Luego oyó la cisterna de váter y la ducha funcionando. Junto a las voces y autos que reflejaban el despertar de la ciudad, estos eran los sonidos cotidianos de la mañana. Pero no eran sus sonidos, porque para ella, todo era transitorio y cambiante, incluyendo su propia personalidad. Sentía los pasos de Luis en la habitación vistiéndose y como estos sonidos golpeaban con su cuerpo creando vibraciones por su caja torácica En un rato habría desayunado y se iría a trabajar, dejándola a ella en paz para centrarse aún más en su practica espiritual.

Sentía una molestia en el pecho, pero no debía pararse a sentir una sensación en particular. Había aprendido a ir más allá del cuerpo y las emociones, y dejar que todo fuera pasando en el fluir del universo. Marta no existía en realidad, solo era parte de este devenir infinito de todas las cosas. O al menos esta era la película que ella se había montado, interpretando a su manera las enseñanzas del Buda.

De golpe fue consciente de que no había oído la puerta. Luis iba a llegar tarde al trabajo. Siguió meditando, aunque no pudo dejar de sentir aún más fuerte esa bola de dolor denso en su pecho. Y además poco a poco observo como su vientre se iba calentando. Trato de olvidar ese fallo en sus costumbres mañaneras, y se centro en dejar irse todo pensamiento que iba emergiendo en su inmaculada mente.

Sonó la campanilla electrónica que tenía programada para indicarla el fin de su hora y media de meditación. Agradeció al universo los méritos de su meditación, y mecánicamente hizo intención de compartirlos con todos los seres sensibles. Abrió los ojos y soltó sus adormiladas piernas. Tardo un par de minutos en lograr que el riego sanguíneo volviera a ellas. Se levantó del zafu, y salió cojeando de su pequeño santuario de meditación.

Fue directamente a la cocina, con la inquietud de ver si Luis seguía en la casa. Allí estaba, sentado en la mesa de la cocina, dando vueltas con la cuchara a un café con leche. La miro a los ojos. Parecía nervioso.

—Que haces aquí Luis susurro en voz baja sin mostrar su sorpresa y confusión vas a llegar tarde al trabajo.

Hola Marta, necesitaba hablar contigo un momento.

De golpe recordó, aunque de forma un tanto lejana, la pequeña discusión que había tenido con Luis la noche anterior. Él nunca había querido meditar, y eso a ella la parecía mal. No entendía sus resistencias, sobre todo viendo todo el bien que a ella la había hecho la practica. Además, Luis había empezado hace unos meses a ir a un psicólogo, algo que no acababa de comprender. Para Marta, las terapias psicológicas modernas eran un engaño y consideraba la meditación y lo espiritual como el remedio para todo.

Marta tomo un racimo de uvas, y se sentó calmadamente a la mesa. Ella nunca entraba en sus discusiones, porque había erradicado la ira de su mente. Espero a que Luis hablara. Este comenzó a hablar con mucha más parsimonia que de costumbre.

Mira Marta, no podemos seguir así. Me siento muy angustiado y preocupado por ti. Has cambiado mucho. No afrontas la realidad. Te siento alejada Tomo un respiro, y poso sus manos sobre el corazón, mientras sus ojos se humedecían Querida mía. Me duele mirarte, y verte cada día más delgada, sin vida, sin esa chispa de alegría que tanto me enamoro cuando te conocí.

Luis normalmente no demostraba sentimientos, aunque esos últimos meses había cambiado. Marta notaba que se enfadaba más y que estaba sufriendo. Estaba convencida de que solo necesitaba empezar a meditar para no seguir decayendo.

Mira, no sé que dices Luis. Ya sabes que yo estoy en un camino espiritual. Para mí esto es lo más importante. Ya te lo he dicho miles de veces. La pasión y el enamoramiento ya no tiene sentido para mí, ya que es una forma de apego. Deberías meditar para quitarte esos miedos y esa tristeza. La aversión no es buena. ¿Cuantas veces te lo tengo que decir?

Luis agacho la cabeza. Normalmente en este punto él hubiera saltado y empezado a discutir. Pero hoy empezó a llorar, lo que desconcertó a Marta. Por un instante ella pensó en salir de allí. No la gusto este numerito de su marido. Aunque siguió ahí. Sentía mucha presión en el pecho y el calor del vientre seguía ahí. Lo observo con su entrenada ecuanimidad.

Marta, escucha Luis recupero parte de su compostura y la miro fijamente aún con lágrimas en los ojos. Trago saliva y se lanzó a soltar todo aquello que tanto temía decirla para no herirlaHe hablado mucho de nuestra relación y de ti en mi grupo de psicoterapia. Ellos me han ayudado a entender lo que nos pasa y a sentir tu dolor. Tu evasión espiritual. Este dolor de niña perdida. Y también esa rabia contenida contra el mundo. Veo como te escapas Marta. Veo como estas flotando sin pisar tierra. Sola, alejada de todo. Buscando un paraíso en tu mente. Neurótica perdida. Machacando tu cuerpo y sin afrontar directamente tus emociones. Vamos, que estas narcotizada… ¡Muerta!

Hizo una pausa esperando una fisura en el témpano de hielo que tenía en frente

Te engañas Marta continuó Luis La meditación es muy buena técnica, no lo discuto, pero solo si lo complementas con psicoterapia para ver tu sombra, y con trabajo corporal. Necesitas…

Espera, eso que dices de la meditación no es así Lo empezó a cortar mientras mordisqueaba una uva Deja que te vuelva a explicar…

¡Calla Marta, por favor! Entra en ti. Siente ¡Escúchate por una vez en la vida! –Grito con firmeza Luis, con mucha presencia y dignidad. Por un momento pareció que su cuerpo enjuto se hiciera más grande He tomado una decisión importante. Creo que es la única forma de que despiertes. Me duele hacerlo, pero es necesario Hizo una pausa y vocalizo cada una de sus palabras— ¡Quiero que nos divorciemos y quiero, que hoy mismo dejes esta casa! Estoy cansado de mantenerte. Este no es tu monasterio. Lo pago yo. Cuando vuelva tras el trabajo no quiero verte aquí ¿Has comprendido?

Estaba muy confusa. No podía ser cierto lo que oía ¿Que le pasa a este hombre? Se preguntaba. Ahora sentía fuego en el vientre y como una piedra de granito en el pecho. Y la cabeza empezó como a chirriar… La costaba escapar de ello, por lo que empezó a observar su respiración, la técnica, que según la habían enseñado, era más efectiva en casos de crisis.

Marta. Mírame. ¿Has entendido lo que te he dicho? ¡Tienes que hacer la maleta!

Esto es una locura, pensó ¿Donde iba a meditar esa tarde? ¿Donde iba a ir? Su familia se había alejado de ella…. ¿o era al revés? Y en su pequeña ciudad no había meditadores serios de Vipassana. Y como buena ama de casa no tenía dinero para un hotel. La costaba tomar conciencia de su situación. Pero… ¿esto es una broma, verdad?

Luis la cogió del brazo y la miro fijamente aún con lágrimas en los ojos. Ella asintió con la cabeza. Su cuerpo comprendía mejor que ella lo que él la había dicho. Se soltó de su mano y camino lentamente hacia el salón. Oyó como Luis tomaba su cartera y salía de casa. De golpe, un sollozo se congeló en su garganta. Sentía ganas de romper cosas, pero no podía moverse. Una ola de miedo la atrapo de improviso. Su corazón se aceleró y empezó a temblar en todo su cuerpo. Esta vez no podía observarlo con desapego, pues nunca había sentido tanto pánico. Recordaba los ojos de Luis y su pena profunda de verla a ella alejada de todo. Se sintió desprotegida, sin asideros, en un peligro infinito del que siempre había huido.

Pensó en meditar, pero sintió nauseas solo con la idea. Se vio sola en las nubes de su autoengaño, mientras sus sueños espirituales iban cayendo uno detrás de otro. La angustia no la permitía respirar, y fue a esconderse detrás de uno de los sillones de la salita, junto al radiador, en el sitio más caliente y oscuro de la casa. Permaneció allí largo rato, hasta que el miedo dio paso al dolor, y luego hasta que su maltratado instinto de supervivencia la doto de fuerzas para reemprender un nuevo camino.

Crédito de la imagen: Mirror-Projection, por Hartwig HKD. Con licencia CC-BY-ND

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4 comentarios en “«Mi marido no quiere meditar conmigo» – Relato sobre la evasión espiritual”

  1. Cierto, la Meditación también puede servir de refugio para evadirnos de nosotros mismos y de nuestras neurosis. El Ego espiritual es el más peligroso de todos. Yo he rozado esta fina línea y no me siento exenta de ella. Gracias por el testimonio.

    1. Gracias Raquel por tu comentario y tu experiencia. Yo también he rozado y a veces traspasado esta fina linea, y por esto puedo escribir con cierta perspectiva. Grande es nuestra capacidad para autoengañarnos y escaparnos de nosotros mismos. Ojalá no perdamos la humildad de reconocernos imperfectos y a la vez en aprendizaje continuo.

      Como comentaba un buen amigo tras leer el relato, es muy recomendable abrirnos a una visión y práctica más integradora, para no quedar reducidos a una sola parcela de la realidad. Y para que lo transcendente abrace la vida entera. Un abrazo!

  2. Hay miles de formas para auto engañarse y todas sirven ,mientras creamos en el personaje que hemos construido con tanto afan ,el no mirar de frente y ver con claridad el miedo
    a perder ,ya sea negando o alimentando eso que creemos ser y es que lo creemos ser no puedes soltar lo que creemos ser.

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