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Relato breve: el final del escape

Durante el último año he estado escribiendo varios relatos breves de una serie que denomino el final del escape, y que posiblemente acaben configurando un interesante libro de relatos para el cambio. Todos ellos giran en torno a personas que inician una transformación importante en sus vidas a partir de un suceso emocional que los impacta, y que los lleva a tomar conciencia de su dolor existencial y de como se escapan de lo que realmente necesitan para estar felices.

Voy creando estos personajes a partir de mis propias vivencias y de experiencias valientes de algunos amigos. Son mi tributo a la fuerza y al gran potencial de nosotros, los seres humanos, que podemos despertar en cualquier momento desde la sencillez de parar, sentirnos y abrazar todo lo que nos ocurre.

Por el momento tengo escritos en torno a 12 relatos, aunque algunos quiero revisarlos. Mi amiga psicoterapeuta Lourdes Garrido me aconsejo hace tiempo que los fuera publicando, pues pueden ser de gran ayuda a personas concretas que estén atrapadas en asuntos similares. Este que sigue fue el primero que escribí, con el titulo que da nombre a la serie de relatos: el final del escape. Te lo comparto con todo cariño, esperando que te mueva y te inspire:

El final del escape

José, protagonista del relato el final del escape

La tarde iba pasando muy despacio. José se sentía mal. Seguía delante del televisor pasando canales, esperando que algún programa basura le distrajera lo suficiente para escapar del malestar. Pero esto no era posible, ya que su agobio estaba enquistado muy profundo en todas las células de su cuerpo. Ahora miraba una telenovela, y más que entretenerlo, le provocaba más angustia y rabia.

No entendía que le pasaba. Hoy había sido un día tranquilo en la oficina, ya que su jefe no le había molestado, lo que le permitió distraerse toda la mañana mirando el Facebook y jugando a la granja. Luego había ido a comer a casa de su madre, que le había preparado filetes empanados con patatas fritas, su plato preferido. Nada parecía susceptible de preocuparlo en este día insulso como para sentirse como se sentía.

No solía pararse y sentir lo que le pasaba. No era su estilo. Él había aprendido, como tantos otros, a escapar de sus emociones. Se levantó antes de tener oportunidad de notar su vacio, y movió sus 95 kilos de peso hacia la nevera. Cogió unos dónuts de chocolate y volvió hacia el sillón delante de la pantalla. Comer solía ayudarlo a sentirse mejor, igual que la televisión.

José estaba muerto. Podía comer, dormir con pastillas y ver la tele, pero estaba muerto. Y no lo sabía. Su cuerpo agonizante trataba de avisarlo, pero no quería escuchar.

Su gato negro dormitaba en el sillón a su lado, como hacía todo el día. Quiso acariciarlo, pero paro su impulso. Sintió un golpe de dolor en el pecho. Sus ojos querían llorar de nostalgia y soledad, pero su automatismo había olvidado hace muchos años la vía de la tristeza real. En un instante olvidó este amago de emoción, pensando en las miles de cosas vacías que llenaban su cabeza.

Acabó el paquete de dónuts, y volvió a la cocina a picar alguna otra cosa. Rebusco por los armarios y tomó compulsivamente unas pastas de té y luego un gran trozo de bizcocho casero de su madre. Recordó la conversación que había tenido días atrás con ella. Estaba molesta con todo y él no comprendía que le pasaba. Hablaba de cambiar de casa, de comprarse un nuevo televisor, de irse a un asilo y de muchas cosas que para José no tenían sentido. Ella siempre era muy comedida y de pronto nada le gustaba de su vida. Al final, él salió corriendo para evitar que le siguiera taladrando la cabeza. Por suerte, en días siguientes ella había estado casi callada, como de costumbre.

Desechó la idea de salir de casa y dar una vuelta. Todo lo que fuera trabajo físico innecesario lo evitaba. No tenía casi amigos, ni los necesitaba. O eso creía él. En realidad José era un parásito de si mismo, y de los demás seres con los que convivía. Aunque esta verdad no la puede reconocer tan fácilmente un muerto viviente. Por eso todos sus mecanismos de evasión de la realidad habían funcionado tan bien. Hasta hoy.

De golpe todo cambió. Su humanidad tantos años negada decidió jugarse el todo por el todo. O José despertaba de su locura, o moriría físicamente esa misma noche. Un fuerte ataque de pánico lo dejo helado allí mismo, de pie en la puerta de la cocina. Todas sus células corporales intensificaron sus impulsos angustiosos, y sus músculos se petrificaron. Sus piernas dejaron de sostenerlo y cayó al suelo. Su mente paró en seco. Su conciencia despertó y comprendió en un instante que la muerte llamaba a la puerta. El terror se adueñó de todo su ser. Y esta vez no podría escapar de su miedo.

Toda su máscara de seguridad artificial saltó por los aires. Estaba solo ante la realidad de lo que era. Un niño grande muriendo, y sintiendo de golpe todo el miedo que había tapado durante su vida. Durante más de tres interminables horas, José permaneció helado en el suelo, viendo como desde su cuerpo brotaban todas sus reprimidas angustias. El sufrimiento se hizo infinito y no podía evadirse de él.

No podía moverse. Estaba como absorto en su película de terror, reconociendo por fin su realidad efímera. Y algo muy sutil en él comprendió esa lección vital y liberó su corazón de los lazos del frío miedo. Lo que vino después fue completamente diferente. Una ola de calor y dolor lleno su pecho, y desde allí saltó hacia todo su cuerpo, barriendo cualquier rastro de angustia. Su diafragma se liberó y por primera vez en su vida respiró con amplitud. Sus ojos se humedecieron, y empezó a llorar abiertamente. No podía detenerlo, lloraba toda la tristeza y el dolor de una vida de negación de si mismo. Permaneció mucho tiempo calentando su corazón, en el frío suelo. El negro gato por fin despertó de su sueño y se acercó a lamerle la mano.

Poco a poco se incorporó del piso. Seguía llorando todos los mares de frustración de una vida. Lo necesitaba. Esto era lo que su malestar le pedía día tras día y él se negaba a escuchar. Caminó hacia la cama y se tumbó sobre ella. Ya no temía a la muerte. Solo era dolor y vida. No entendía nada, pero se dejó caer en esta sensación de dolor profundo, como quien se abandona a una fiebre intensa. Por su mente pasaban escenas de su vida. Momentos de soledad y de negación de si mismo. Y todo el desamor sufrido. Su pecho se rasgaba de pena y su torrente de lagrimas se intensificó.

Por fin José estaba presente en su realidad de sufrimiento y preparado para sentir el dolor que había infringido a otros. Recordó a su padre muerto hacia años, y a su madre absorbida en un sufrimiento intenso que él nunca había querido ver. Lloró por ellos y por otras personas de su entorno.

La intensidad de su tristeza fue transmutándose en compasión hacia sus seres queridos y hacia si mismo. Comprendió mucho del daño que se había causado y la falta de amor de sus días. No era una percepción mental, sino una apertura vital y emocional que despertaba desde su cuerpo. Nunca había sentido nada parecido, aunque de golpe revivió el gran amor que había recibido de su abuelo paterno. Comprendió que gracias a su recuerdo ahora podía abriese a esta energía compasiva. Sus ojos se llenaron de nuevo de gratitud hacia su abuelo y también hacia sus padres que le habían dado la vida.

Finalmente se levantó de la cama. Estaba cansado, aunque lleno de vida y emoción. Se acerco a la ventana de la habitación. Se sorprendió al ver la claridad del amanecer. Habían pasado muchas horas y muchas cosas desde el primer ataque de pánico. Se quedó extasiado en la belleza del momento. Los primeros rayos de sol de su vida empezaron a levantarse de entre los tejados de su querida ciudad. El era parte de esta maravilla. La alegría profunda inundaba todo su ser. La muerte dio paso al día. Un primer día en la vida de José. Un primer despertar de un posible guerrero.

Antes de emprender su nuevo camino, José fue al baño a vaciar su hinchada vejiga y a dar de comer a su hambriento gato. Bebió un vaso de agua y sin desayunar salió a la calle.

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7 comentarios en “Relato breve: el final del escape”

  1. Jose Manuel Ruiz

    Me ha dejado tocado tu cuento, Nacho. Además comparto nombre con el protagonista ;-).
    Es un recuerdo de lo fácil que resulta poner el piloto automático y abotargarse viendo la vida pasar.

    PD: estoy acabando de leer tu libro y me está pareciendo muy jugoso, se nota tu pasión por Internet y las redes sociales como lugar de conexión. Vivimos una era de paranoia en la que se intenta ver a Internet como un campo de minas plagado de peligros. Me niego a verlo así. Tomando ciertas precauciones es un lugar de crecimiento como el que tu describes.

  2. Feliz año Jose Manuel! Gracias por tu comentario. Es cierto que se llama como tú y como tantas personas. Creo que por eso elegí un nombre tan común como José, porque es algo que nos pasa a muchisimos, incluyendome a mi (para este post podéis llamarme José Ignacio). La pasividad y el querer escapar de lo que duele, nos da miedo o de esta sensación de no valer (y no ser). El escape es algo tan natural y humano. Aunque en el cuento me mofo un poco con el personaje, en realidad soy yo mismo (y eres tú y tantos). Me mofo con cierta ironía, pero a la vez lo admiro pues tiene la oportunidad de cambiar y da un pasito…
    Me alegro que te toque, pues es este uno de mis deseos, que nos toque para sembrar más semillas de cambio dentro de nosotros.
    Y gracias por tu feed-back de InterNet e InterSer. En la red como en la vida hay peligros, pero podemos dar el paso de salir del sillón, enfrentar el peligro y usarlo para conectar, aprender, crear, amar…

  3. Qué maravilla lo bien que describe este relato eso que, en alguna medida, nos ocurre a todos, incluso en alguna época de nuestra vida de forma más intensa, pero esta intensidad es una manera de dar voces para que nos enteremos de que algo pasa, tanto el cuerpo como la mente nos están contínuamente hablando y comunicándose con nosotros, con nuestro ser, sin embargo, a veces creemos que si hacemos caso vamos a sufrir más, y la realidad es que cuando más sufrimos es cuando menos escuchamos. Si realmente escuchamos no nos vamos a librar del dolor de la vida, el que es inevitable, pero al menos estaremos vivos, amando, riendo o llorando, entonces es cuando el sufrimiento gratuito extra que nosotros ponemos se esfuma y queda la vida con todo lo que es.

    Muchas gracias por este post y por tu mención, y vuelvo a expresar el absoluto convencimiento del bien que estos relatos nos hacen a todos.

  4. Gracias Lourdes. Seguiré publicando estos relatos, que me vienen inspirado de no se bien donde, y también del dolor que me ha ido liberando en estos últimos años. Tantos años escondiéndome de mi mismo, por miedo a lo que pudiera ver y por creer que no tenía nada que ofrecer. ¡Que hermoso es ser humano, con nuestros escapes y con nuestros pequeños despertares cotidianos! Nacho

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